Del album de un cazador
Del album de un cazador Víktor extendió su mano con desgana, cogió el ramillete, olisqueó las flores y comenzó a toquetearlas con sus dedos, contemplando la nada de vez en cuando dándose aires. Akulina lo observó con una triste mirada que contenía una devoción tierna, una adoración humillante y amor. Y a la vez también tenía miedo de él, y de llorar, y de despedirse por última vez; pero él estaba ahí echado en la pose lánguida de un sultán, soportando su adoración con paciencia magnánima y condescendencia. Confieso que su cara enrojecida me estaba enojando, con su desdén pretencioso e indiferente, a través de la cual se podía discernir una completa y satisfecha vanidad. Akulina estuvo espléndida en aquel momento, puesto que su corazón estaba dispuesto, entregado, abierto, suplicando ser amado, pero él en cambio… Él simplemente dejó que los acianos se cayeran a la hierba, se sacó un impertinente engarzado en bronce del bolsillo lateral de su abrigo, y comenzó a tratar de acomodarlo sobre su ojo; pero no importaba cuánto intentaba mantenerlo en su lugar con la ceja bajada, la mejilla levantada e incluso con la nariz, ya que el diminuto cristal se caía y regresaba a su mano.
—¿Qué es eso? —le preguntó asombrada Akulina.
—Unos impertinentes —respondió él, dándose importancia.
—¿Para qué son?