Del album de un cazador

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Ambos permanecieron callados un rato.

—De todas formas, es hora de que me marche —dijo Víktor, a punto de incorporarse sobre un codo.

—Quédate un rato más —imploró Akulina.

Víktor volvió a echarse y comenzó a silbar. Akulina no apartaba la mirada de él. Era evidente que estaba entrando en un estado de agitación gradual: los labios le temblaban y sus pálidas mejillas se iban enrojeciendo débilmente.

—Víktor Aleksándrich —dijo al cabo en una voz rota—, no está bien lo que haces, no está bien… ¡Te lo digo en nombre de Dios!

—¿El qué no está bien? —preguntó él, con el ceño fruncido, mientras se incorporaba ligeramente y volvía la cabeza hacia ella.

—No está bien, Víktor Aleksándrich. Sí solo me dijeras una palabra amable antes de marcharte, solo una palabra, a esta huérfana desgraciada…

—Pero ¿qué quieres que te diga?

—No lo sé. Tú deberías saberlo mejor que yo. Víktor Aleksándrich. Ahora te marchas, y si solo me dijeras una palabra… ¿Acaso me merezco esto?

—¡Qué muchacha tan extraña eres! ¿Qué es lo que quieres que te diga?

—Solo una palabra…

—En fin, ya, ya me lo has dicho, una y otra vez —sentenció él y se levantó visiblemente disgustado.


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