Del album de un cazador
Del album de un cazador —Ya, ya —dijo al cabo—, seguro que será duro para ti al principio —le dio unas palmaditas condescendientes en el hombro; ella, con una gran dulzura, retiró la mano de él de su propio hombro y la besó con timidez—. Bien, bien, muy bien, eres una buena chica —continuó él, sonriendo con petulancia—, pero ¿qué es lo que puedo hacer yo? ¡Piénsalo! El amo y yo no podemos quedarnos aquÃ; pronto será invierno y pasar el invierno en el campo… Tú ya sabes lo que es. Es horrible. ¡En San Petersburgo es distinto! ¡Allà hay cosas sencillamente maravillosas, cosas que tú, estúpida, no te imaginarÃas ni en sueños! ¡Qué mansiones y qué calles, y la sociedad, la cultura, es estupendo! —Akulina lo escuchaba todo con gran interés, con los labios brevemente abiertos como los de una niña pequeña—. De todas formas —añadió él, volviéndose—, ¿para qué te cuento todo esto? No podrÃas entenderlo.
—¿Por qué dices eso, VÃktor Aleksándrich? Lo he comprendido, lo he comprendido todo.
—¡Anda ya!
Akulina bajó la mirada.
—No solÃas hablarme de ese modo antes, VÃktor Aleksándrich —dijo ella sin levantar los ojos del suelo.
—¿Cómo que no lo hacÃa antes? ¡Vaya con la niñita! ¡Antes, dice! —comentó con fingida indignación.