Del album de un cazador

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AGUA DE FRAMBUESAS

A principios de agosto, las olas de calor suelen ser intolerables. En esa época del año, desde las doce hasta las tres, el hombre más determinado y cabezota no se halla en condiciones de cazar, y el perro más devoto comienza a «lamer las espuelas del cazador», es decir, que se queda pegado a sus tacones, apretando los ojos con dolor y con la lengua colgando de forma exagerada. Como respuesta a los reproches de su amo baja la cola desanimado y adopta una expresión confundida, pero por nada del mundo se atreve a avanzar. Me hallaba cazando en un día como aquel. Resistía desde hacía un buen rato la tentación de echarme en algún lugar a la sombra, aunque fuera un momento; mi incansable perra se había alejado a investigar entre los arbustos hacía rato, aunque era evidente que no esperaba nada que mereciera la pena de aquella frenética actividad. El calor sofocante me había obligado al fin a pensar en reservar las últimas energías que nos quedaban a ambos. De alguna forma llegué hasta el río Ista, con el que ya son familiares mis tolerantes lectores, bajé hasta la orilla cenagosa y caminé sobre la arena amarilla y mojada en dirección al famoso manantial conocido en toda la región por su nombre, «Agua de frambuesas». El manantial brota de una hendidura en la orilla que poco a poco se ha vuelto un barranco pequeño pero profundo, y a veinte pasos más o menos del mismo regresa, con un alegre parloteo, de vuelta al río. Los robles se extienden a lo largo del riachuelo, y cerca del nacimiento del propio manantial hay una zona de hierba recortada, reverdecida y aterciopelada; los rayos del sol casi nunca atraviesan su humedad plateada y fría. Alcancé el manantial y encontré tirado sobre la hierba un cuenco de madera de abedul, abandonado por algún campesino de paso para quien quisiera beber. Tomé un trago, me eché en la sombra y observé cuanto me rodeaba. Cerca de la ensenada que formaba la caída del manantial en el río, y por lo tanto siempre cubierta por pequeñas ondas, dos ancianos estaban sentados dándome la espalda. Uno de ellos, bastante alto y robusto, vestido con un caftán verde oscuro y en buen estado y con una gorra de lana, pescaba. El otro, delgado y bajito, ataviado con una levita desgarbada y corta de diversos materiales y sin gorro, sostenía sobre sus rodillas un tarro de gusanos y de vez en cuando, como tratando de protegerse del sol, sostenía una mano sobre su calva. Lo observé algo más de cerca y lo reconocí como Stépushka, de Shumíjino. Ruego al lector que me permita presentarle a este hombre.


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