Del album de un cazador

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Acabábamos de iniciar una conversación sobre el nuevo comisario provincial de la nobleza cuando, de pronto, la voz de Olga, al otro lado de la puerta, anunció: «El té está listo». Nos dirigimos a la salita. Fiódor Mijéich estaba como antes en su esquina, entre la ventana y la puerta, con sus piernas modestamente juntas. La madre de Radílov tejía un calcetín. Por las ventanas abiertas entraba la frescura otoñal y un aroma a manzanas. Olga se ocupó de servir el té. Ahora tuve oportunidad de observarla con mayor atención que durante la cena. Hablaba muy poco, como era costumbre entre las muchachas de provincia, pero en ella, al menos, no vi inclinación alguna a proferir comentarios sin pensar, vacuos y estúpidos; tampoco se dedicaba a suspirar como si la embargara un exceso de sentimientos inexplicables, ni tampoco ocultaba los ojos, ni sonreía de forma vaga y misteriosa. Tenía un aspecto calmo y tranquilo, como el de alguien que descansa después de una gran alegría o de una gran congoja. Su modo de andar y sus gestos eran seguros y confiados. Me gustó de inmediato.

Radílov y yo retomamos nuestra conversación. No recuerdo cómo nos pusimos de acuerdo en que a veces son las cosas más insignificantes las que producen mayor impresión, en lugar de las más importantes.


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