Del album de un cazador

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Olga se puso de pie y salió con rapidez al jardín.

—¡Venga, Fedia, toca algo! —gritó Radílov.

Fedia se puso de pie de un salto y anduvo por la habitación como si fuera un niño ante un oso, y cantó: «Una vez, a nuestras puertas…».

Se oyó desde el porche el ruido de un carro, y al cabo de un rato entró en la habitación un hombre bien formado, viejo y de gran estatura, el granjero Ovsiánikov… Pero Ovsiánikov es una persona tan extraordinaria y poco usual que, con el permiso del lector, hablaremos de él en nuestra siguiente nota. En lo que concierne a la historia actual, diré simplemente que al día siguiente Yermolái y yo salimos de caza tan pronto como amaneció, y después de cazar volvimos a casa, y una semana más tarde fui de nuevo a visitar a Radílov, pero me encontré con que ni él ni Olga estaban en casa: un par de semanas antes, como después me enteraría, se había esfumado abandonando a su madre y marchándose a algún sitio con su cuñada. La provincia al completo estaba sorprendida por aquello, y no dejó de hablar del suceso, y solo entonces comprendí el significado de la mirada en la cara de Olga durante la narración de Radílov. No había sido una mirada de compasión, sino de ardiente envidia.


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