Cartas de amor
Cartas de amor 
PARÍS, KENTUCKY, AÑO NUEVO DE 1885
Querida Livy, hemos pasado una velada muy agradable aquí, en una región que era familiar a Ma cuando niña, hace setenta u ochenta años. Siempre que nos toca un público del Sur, se ríen a carcajadas. Pillan las bromas antes de que puedas terminar de contarlas; y entonces, a menos que seas un idiota, no acabas de contarlas; te callas. Es un auténtico placer dar un discurso para gente así.
Antes de la lectura, en el hotel, un hombre corpulento se me presentó como «el gran hombre de Kentucky al que usted ha elogiado en Un vagabundo en el extranjero, en los capítulos acerca de los estudiantes de Heidelberg»; y me enseñó una enorme cicatriz que se extendía desde el puente de su nariz por toda la cara; un recordatorio permanente de sus impresionantes aventuras en Heidelberg. Me dijo que mi relato era correcto. Lo conseguí del Cónsul Smith, ¿recuerdas? Le pedí que subiera a la habitación y pasé una media hora muy amena con él.
Un fragmento de conversación escuchado hoy en el vagón de fumadores:
