Cartas de amor
Cartas de amor No hemos visto a la Sra. Brooks, mi amor. Cuando te escribí de Stuyvesant, estaba fuera. Nos fuimos de allí en carruaje por la noche. No lamenté demasiado su ausencia; de cualquier modo prefiero hablar con el Sr. Langdon; pues a él le quiero y la Sra. Brooks sólo me cae bien. Una vez hecha la visita tuve la conciencia tranquila, pues había obedecido las órdenes de mi Livy; de no ser por tus órdenes, tuyas y de nadie más en el mundo, no habría ido, pues sabes que era improbable que olvidara que ni ella ni su esposo me invitaron a regresar la última vez que estuve aquí. Pero si tú quisieras, regresaría cincuenta veces. El Sr. Langdon se comportó muy mal, y ésta fue una de las razones por las que no me entristecí al ver que ella no estaba. Insistió en afeitarse antes de ponernos en marcha, simplemente porque quería «presumir». Quería tener mejor apariencia que yo. Pura vanidad. No puedo aprobar ese tipo de comportamiento.