Cuentos completos

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Los dos cónyuges se comprometieron solemnemente a que, mientras viviera el tío Tilbury, mantendrían la noticia en el mayor de los secretos, por miedo a que algún ignorante indiscreto hiciera llegar hasta el lecho del moribundo rumores que distorsionaran su actitud, haciéndoles parecer que mostraban una desobediente gratitud, confesándola y haciéndola pública ante el rostro mismo de la prohibición.

Durante el resto del día, Sally equivocó absolutamente todos los asientos de sus libros de contabilidad; y Aleck no conseguía concentrarse en sus quehaceres domésticos, y en cuanto cogía una maceta, un libro o un palo de madera olvidaba al momento qué se proponía hacer con ellos. Porque ambos estaban perdidos en sus ensoñaciones.

«¡Treinta mil dólares!».

Durante todo el día, resonaba en sus oídos la música inspiradora de esas palabras.

Desde el mismo día de la boda, Aleck se había hecho cargo de la economía familiar, y Sally apenas conocía el privilegio y el placer de gastar un centavo en cualquier bagatela.

«¡Treinta mil dólares!», proseguía la cantinela en sus mentes. ¡Una cantidad fabulosa, impensable!

Durante todo el día, Aleck estuvo ensimismada planeando cómo invertir ese dinero; y Sally, planeando cómo gastarlo.


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