Cuentos completos

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Toda la región, en muchas leguas a la redonda, era una propiedad heredada por cierto príncipe. Sus sirvientes mantenían a perpetuidad el castillo en perfecta condición para ser ocupado, a pesar de que ni él ni su familia aparecían por allí más de una vez cada cinco años. Cuando se presentaban, era como si hubiese llegado el rey del mundo, que traía con él las magnificencias de todos los reinos; y cuando se marchaban, dejaban tras ellos un sosiego que se parecía mucho al sueño profundo que se produce después de una gran fiesta.

Para nosotros, los niños, Eseldorf era un paraíso. La escuela no resultaba una carga excesiva: nos enseñaban sobre todo a ser buenos cristianos, a reverenciar a la Virgen, a la Iglesia y a los santos por encima de todo. Fuera de estos asuntos no se nos exigía que aprendiésemos mucho; a decir verdad, no se nos permitía. El saber no era bueno para la gente vulgar, porque quizá podría dejarla insatisfecha con la suerte que Dios le había dispuesto, y Dios no tolera el descontento con sus planes. Teníamos dos sacerdotes. Uno de ellos era un clérigo muy celoso y enérgico. Se llamaba padre Adolf, y era muy apreciado.




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