Cuentos completos

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La joven se dirigió a una amplia sala y tomó asiento cerca de una ventana desde la cual se contemplaba un hermoso escenario. A la izquierda podía verse el encantador valle de Nuuanu, adornado con el rojizo fulgor de sus flores tropicales y sus graciosas y empenachadas palmeras, así como sus faldas montañosas revestidas del brillante verdor de los bosquecillos de limoneros, cidros y naranjos; y más allá se alzaba el precipicio, lleno de historia, desde donde el primer rey Kamehameha empujó al enemigo derrotado hacia su total aniquilación…, un lugar que sin duda había olvidado su atroz pasado, porque ahora aparecía sonriente, como casi siempre a mediodía, bajo el luminoso resplandor de una sucesión de arcoíris. Justo enfrente de la ventana podía verse la pintoresca ciudad, con grupos de nativos de piel oscura diseminados aquí y allá, disfrutando del caluroso tiempo; y a la derecha se extendía inquieto el océano, agitando sus blancas crines espumosas a la luz del sol.

Rosannah permaneció allí sentada, con su vaporoso vestido blanco, abanicando su cara rubicunda y acalorada, a la espera. Un muchacho kanaka, que llevaba una corbata azul muy ajada y una chistera hecha pedazos, asomó la cabeza y anunció:

—¡Haole de Frisco!

—Que pase —dijo la muchacha, enderezándose y adoptando un aire muy digno, cargado de significado.


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