Cuentos completos
Cuentos completos Entretanto, pasaba todas las veladas en casa del ministro con Portia. No le conté nada acerca de la mina: me lo reservaba para darle una sorpresa. Hablábamos del sueldo; de nada más que del sueldo y del amor; a veces del uno, a veces del otro, a veces del sueldo y el amor juntos. Y, ¡válgame Dios!, el interés que la mujer y la hija del ministro se tomaron por nuestro pequeño idilio, y los infinitos e inocentes pretextos que idearon para evitarnos cualquier interrupción y mantener al ministro en la inopia, sin sospechar nada… en fin, fue algo realmente encantador por su parte.
Cuando el mes llegó a su fin, yo tenÃa un millón de dólares a mi nombre en el London and County Bank, y también Hastings se encontraba en esa misma situación financiera. Ataviado con mis mejores galas, tomé un coche y pasé por delante de la casa de Portland Place, donde todo indicaba que mis pájaros ya habÃan vuelto al nido, y luego me dirigà a la residencia del ministro, donde recogà a mi adorada y pusimos de nuevo rumbo a la casa de los ancianos caballeros, sin parar de hablar muy excitados del sueldo. Ella estaba tan emocionada y angustiada, que eso la hacÃa intolerablemente hermosa. Le dije:
—Querida, con el aspecto que luces serÃa un crimen conseguir un sueldo inferior en un solo penique a tres mil libras al año.
—¡Henry, Henry, nos arruinarás!