El Forastero Misterioso

El Forastero Misterioso

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Y teníamos libre uso de los jardines del castillo, algo que muy pocos tenían. Se debía a que éramos los preferidos del criado más anciano del castillo, Felix Brandt; y a menudo íbamos allí por las noches para que nos hablase de los viejos tiempos y de cosas extrañas, para fumar con él (nos había enseñado), y para tomar café; porque había servido en las guerras y participado en el asedio de Viena; y allí, cuando los turcos habían sido vencidos y expulsados, entre los objetos capturados encontraron bolsas de café, y los prisioneros turcos les explicaron qué era y cómo se convertía en una bebida agradable, por lo que ahora siempre tenía café, tanto para beberlo como para asombrar a los ignorantes. Cuando había tormenta nos dejaba pasar allí toda la noche; y mientras en el exterior tronaba y relampagueaba, él nos hablaba de fantasmas y horrores de todo tipo, de batallas, asesinatos, mutilaciones y cosas de esas, haciendo que el interior nos pareciera agradable y acogedor; y lo que contaba procedía, en buena parte, de su propia experiencia. Había visto muchos fantasmas en su vida —y brujas y magos—, y en una ocasión se perdió en medio de una tormenta devastadora, de noche y en la montaña, y al resplandor del rayo pudo ver la ira del Cazador Salvaje, imparable, con sus perros espectrales corriendo tras él entre la enorme masa de nubes. También había visto un íncubo y, varias veces, había divisado al gran murciélago que chupa la sangre del cuello de las personas mientras duermen, abanicándolas suavemente con sus alas, lo que las mantiene somnolientas hasta que mueren.


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