El Forastero Misterioso

El Forastero Misterioso

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Nos animaba a no temer lo sobrenatural, como los fantasmas, y nos decía que no hacían daño, que vagaban porque se sentían solos, afligidos y querían que les hiciéramos caso, buscaban nuestra compasión. Con el tiempo aprendimos a no tener miedo, e incluso bajábamos con él, por la noche, al aposento encantado de las mazmorras del castillo. El fantasma sólo apareció una vez: se paseó muy tenue, flotando silencioso en el aire, y luego se desvaneció; pero nosotros casi no temblamos, así de bien nos había enseñado. Nos contó que, a veces, por las noches, el fantasma subía a su zona del castillo y lo despertaba pasándole la mano, fría y húmeda, por el rostro, pero que no le hacía daño; sólo buscaba comprensión y respeto. Aunque lo más curioso de todo era que había visto ángeles —ángeles de verdad, de los del cielo— y había hablado con ellos. No tenían alas, llevaban ropa, y hablaban y se comportaban como cualquier persona normal; resultaría imposible reconocerlos como ángeles de no ser porque hacían cosas excepcionales que los mortales no podían: por cierto, desaparecían de repente mientras se hablaba con ellos, otra de las cosas que un mortal no puede hacer. Nos contó que eran simpáticos y alegres, no deprimentes y melancólicos, como los fantasmas.




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