El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso Después de pasar una noche de mayo charlando de estas cosas, nos levantamos al día siguiente, desayunamos con él, salimos del castillo, cruzamos el puente, y ascendimos las colinas de la izquierda, hasta llegar a una cima boscosa que era uno de nuestros lugares preferidos; allí nos tumbamos en la hierba, a la sombra, para descansar, fumar, y hablar de esas cosas extrañas, porque aún seguían en nuestras cabezas y nos tenían impresionados. Pero no podíamos fumar porque, en nuestro descuido, habíamos olvidado la piedra de chispa y el metal.
Pronto apareció un joven caminando tranquilo hacia nosotros entre los árboles; luego se sentó y se puso a hablar muy simpático como si lo conociéramos. Pero no le contestamos, porque era un forastero y nosotros, que no estábamos acostumbrados a los forasteros, desconfiábamos de ellos. Vestía ropa nueva y de buena calidad, era apuesto, poseía un rostro encantador y una voz agradable, y se le veía natural, elegante y desenvuelto, no torpe, desgarbado y retraído, como los demás muchachos. Queríamos ser amables con él, pero no sabíamos cómo empezar. Entonces me acordé de la pipa y me pregunté si interpretaría el hecho de ofrecérsela como una muestra de cortesía.
Pero recordé que no llevábamos fuego, y me quedé triste y decepcionado. Sin embargo, él me miró, alegre y contento, diciendo: