El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso —¿Fuego? Eso es fácil; yo os lo proporcionaré.
Me quedé tan asombrado que no pude ni hablar; porque yo no habÃa dicho nada. Cogió la pipa y sopló su aliento sobre ella: el tabaco se puso al rojo y de él surgieron espirales de humo azul. Nos pusimos en pie, dispuestos a salir corriendo, que era lo normal; de hecho, corrimos unos pasos, a pesar de que él nos pedÃa con ternura que nos quedásemos y nos daba su palabra de que no nos harÃa daño alguno, que sólo querÃa ser amigo nuestro y estar acompañado. Asà que nos detuvimos, con ganas de volver, llenos de curiosidad y asombro, pero temerosos de arriesgarnos. Él continuó persuadiéndonos, con esas maneras suaves y convincentes; y cuando vimos que la pipa no saltaba por los aires —que no pasaba nada—, recuperamos la confianza poco a poco, hasta que la curiosidad fue más fuerte que el miedo y nos atrevimos a volver; aunque despacio y dispuestos a salir huyendo al primer motivo de alarma.