El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso De nada sirvió intentar conmoverlo: resultaba evidente que no tenía ningún tipo de sentimientos y no lo entendía. Rebosaba alegría, risueño, como si aquello fuese una boda en lugar de una masacre diabólica. Y se empeñaba en hacer que nos sintiéramos como él; y, claro, con su magia hizo realidad su deseo.
Los rayos atravesaron el castillo y le prendieron fuego.
No le suponía problema alguno: hacía con nosotros lo que deseaba. Al poco tiempo estábamos bailando sobre aquella tumba, mientras él tocaba un instrumento, desconocido y melodioso, que había sacado de su bolsillo; y la música… no existe música como esa, quizás tal vez en el cielo, y, según nos dijo, de allí procedía. Aquella música nos volvía locos de placer; no podíamos dejar de observarlo, y las miradas que brotaban de nuestros ojos procedían de nuestros corazones: su mudo discurso traslucía veneración. También la danza venía del cielo, y en ella se adivinaba la gloria del paraíso.