El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso Al poco dijo que debía marcharse a hacer un recado. Pero sólo pensarlo nos resultaba insoportable y nos aferramos a él, rogándole que se quedara; aquello le gustó y nos lo hizo saber: dijo que no se iría aún, sino que esperaría un poco, que se sentaría para charlar unos minutos más. Nos explicó que Satán era su nombre verdadero y que sólo nosotros debíamos conocerlo, por lo que había elegido otro para que lo usáramos en presencia de terceros. Era un nombre corriente, como los de los hombres: Philip Traum.
¡Resultaba tan vulgar y mediocre para un ser como aquel! Pero la decisión era suya y no dijimos nada. Bastaba con que él lo quisiera.
Habíamos visto muchos prodigios aquel día; y empecé a pensar en cuánto disfrutaría contándolos al llegar a casa, pero él leyó mis pensamientos y dijo:
—No, todo esto es un secreto entre los cuatro. No me importa que intentéis contarlo, si queréis, pero protegeré vuestras lenguas y de ellas no escapará nada relacionado con el secreto.
Fue una decepción, pero no podíamos hacer nada, y nos arrancó algún que otro suspiro. Continuamos charlando gratamente, mientras él leía nuestros pensamientos y los contestaba. Me pareció que aquella era la más prodigiosa de todas las cosas que hacía, pero interrumpió mis reflexiones al decir: