El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso Me sentà muy triste al oÃrles comentar eso, porque en mi cabeza se agazapaba el mismo miedo. Y entonces vimos al pobre padre Peter que regresaba, con la cabeza gacha, mirando al suelo. Cuando estaba muy cerca de nosotros, levantó la vista y dijo:
—¿Cuánto tiempo lleváis ahÃ, chicos?
—Un rato, padre.
—Entonces será desde que yo pasé, y quizás podáis ayudarme. ¿Habéis subido por el sendero?
—SÃ, padre.
—Bien. Yo vine por el mismo camino. He perdido mi bolsa. No llevaba gran cosa en ella, pero ese poco es mucho para mÃ, ya que era cuanto tenÃa. Por casualidad, ¿no la habréis visto?
—No, padre, pero os ayudaremos a buscarla.
—Eso iba a pediros. ¡Vaya, si está aquÃ!
No nos habÃamos dado cuenta, pero allà estaba, justo donde Satán se encontraba cuando empezó a desvanecerse, si es que se habÃa desvanecido y no se trataba de un engaño. El padre Peter la recogió y puso cara de sorpresa.
—Es mi bolsa —dijo— pero no lo que contiene. Está muy llena; la mÃa estaba vacÃa y era ligera; esta pesa.