El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso La abrió; estaba tan llena de monedas de oro que ya no cabÃan más. Nos dejó mirar cuanto quisiéramos; y claro que miramos, porque nunca habÃamos visto tanto dinero junto. Nuestras bocas se abrieron para decir: «¡Ha sido cosa de Satán!», pero de ellas no salió nada. Era cierto: no podÃamos contar nada que Satán no quisiera que contáramos. Tal y como él habÃa dicho.
—Chicos, ¿habéis sido vosotros?
Nos dio la risa. Y a él también, en cuanto comprendió lo descabellado de lo que habÃa dicho.
—¿Quién ha estado aqu�
Nuestras bocas se abrieron para responder, y asà se quedaron un momento, ya que no podÃamos decir «nadie», pues no serÃa verdad, y las palabras adecuadas no parecÃan querer salir. Entonces se me ocurrió cuál podrÃa ser la respuesta, y la dije:
—Ningún ser humano.
—Es verdad —afirmaron los otros, y ya no abrieron la boca.
—No lo es —dijo el padre Peter, y nos miró, severo—. Pasé por aquà hace un rato y no habÃa nadie; pero alguien ha estado aquà desde entonces. No pretendo decir que dicha persona no haya podido pasar antes de que llegarais, y no digo que la hayáis visto, pero alguien pasó por aquÃ, de eso no hay duda. Por vuestro honor, ¿no habéis visto a nadie?
—A ningún ser humano.