El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso —Es suficiente; sé que me estáis diciendo la verdad.
Se puso a contar el dinero allà mismo, nosotros de rodillas ayudándole, ansiosos, a formar con él pequeñas columnas.
—¡Hay más de mil cien ducados! —dijo—. Vaya, ojalá fueran mÃos, ¡los necesito tanto!
Se le quebró la voz y le temblaron los labios.
—Son vuestros, señor —gritamos todos a una—, hasta el último de ellos.
—No, no lo son. MÃos son sólo cuatro ducados; ¡el resto…!
Se dejó llevar por sus sueños, pobrecito mÃo, y acariciando algunas de las monedas en sus manos, olvidó donde estaba, allà sentado, sobre sus talones, con su anciana cabeza canosa al descubierto; daba pena verlo.
—No —dijo despertando—, no es mÃo. No puedo explicar su procedencia. Creo que algún enemigo… debe tratarse de una trampa.
Nikolaus dijo:
—Padre Peter, a excepción del astrólogo, no tenéis enemigos en la aldea; tampoco Marget. Y ni medio enemigo que sea lo bastante rico como para gastarse mil cien ducados en jugaros una mala pasada. Decidme, ¿es asà o no lo es?
No supo qué contestar a semejante razonamiento y eso lo animó.