El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso —Pero es que no es mÃo; es imposible que sea mÃo.
Lo dijo melancólico, como quien no lamentarÃa que lo contradijeran, sino que se alegrarÃa de ello.
—Es vuestro, padre Peter, y nosotros somos testigos. ¿No es asÃ, chicos?
—SÃ, y asà lo declararemos.
—Benditos seáis, casi me tenéis convencido; de verdad. ¡Me bastarÃa con tener sólo cien ducados! La casa está hipotecada por esa cifra y si no pagamos mañana, nos quedaremos sin un techo sobre nuestras cabezas. Pero esos cuatro ducados son lo único que tenemos en el…
—Es vuestro, hasta la última moneda, y tenéis que aceptarlo. Nosotros os garantizamos que es lo que debéis hacer. ¿Verdad, Theodor? ¿Verdad, Seppi?
Los dos dijimos que sÃ, y Nikolaus volvió a meter el dinero en la vieja y raÃda bolsa, y obligó a su dueño a cogerla. Éste dijo que utilizarÃa doscientos ducados, ya que su casa era garantÃa suficiente para cubrir dicha cifra, que el resto lo pondrÃa a producir hasta que su dueño legÃtimo lo reclamara, y que nosotros deberÃamos firmar un papel en el que declararÃamos cómo habÃa encontrado el dinero; papel que él podrÃa mostrar a los aldeanos como prueba de que no habÃa superado sus problemas por medios fraudulentos.