El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso Al pasar por el salón, Marget estaba a la espineta[1], enseñando a Marie Lueger. Así que uno de los alumnos desertores había vuelto; y era de los influyentes: los demás lo seguirían. Marget se puso en pie y se acercó corriendo, con lágrimas en los ojos, para darnos las gracias de nuevo —ya era la tercera vez— por haberlos salvado de acabar en la calle a ella y a su tío; y nosotros volvimos a decirle que no habíamos hecho nada. Pero ella era así: pensaba que nunca agradecía lo bastante cualquier cosa que alguien hiciera por ella; así que la dejamos expresar su opinión. Y al cruzar el jardín vimos sentado a Wilhelm Meidling, esperando, porque se acercaba el crepúsculo y le pediría a Marget que al terminar la clase diese un paseo con él por la ribera. Se trataba de un joven abogado al que no le iba mal, que se abría camino poco a poco. Marget le gustaba mucho, y él a ella. No la había abandonado, como los otros, sino que se había mantenido firme. Su lealtad no había pasado inadvertida para Marget y su tío. No poseía demasiado talento, pero era apuesto y bueno, y esos ya son dos talentos que ayudan mucho. Nos preguntó qué tal marchaba la clase y le contestamos que casi había acabado. Lo cual era posible: no sabíamos nada al respecto, pero nos pareció que la respuesta le agradaría. Le agradó, sí, y a nosotros no nos costó nada.