El Forastero Misterioso

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Cenamos en la cocina y Ursula servía la mesa. En la sartén había un pez pequeño, crujiente, dorado, tentador, y era evidente que Marget no esperaba contar con una cena tan respetable. Ursula lo trajo y Marget lo dividió entre Satán y yo, rehusando probarlo ella; empezaba a decir que aquel día no le apetecía el pescado, pero no pudo terminar la frase. Y fue porque observó que en la sartén había aparecido otro pez. Su sorpresa resultaba evidente, pero no dijo nada. Seguramente tendría intención de consultarlo luego con Ursula. Hubo más sorpresas: carnes, caza, vinos y fruta, cosas que últimamente habían faltado en aquella casa. Pero Marget no decía nada, y ahora ya ni parecía sorprendida; todo ello debido a la influencia de Satán, claro. Satán no paraba de hablar, muy divertido, e hizo que el tiempo transcurriera placentera y alegremente; y aunque contó una buena cantidad de mentiras, no tenía nada de malo, porque sólo era un ángel y no sabía más. No distinguen el bien del mal. Yo lo sabía porque recordaba lo que él había dicho al respecto. Supo ganarse a Ursula. La elogió ante Marget, confidencialmente, pero hablando lo bastante alto para que Ursula lo oyese. Dijo que era una buena mujer y que un día esperaba poder reunirla con su tío. Al poco Ursula se hallaba caminando remilgadamente y sonriendo con afectación como una jovenzuela ridícula, alisándose la falda y atusándose como una gallina vieja, mientras intentaba hacer ver que no oía nada de lo que decía Satán. Yo estaba avergonzado, porque ese comportamiento demostraba que éramos lo que Satán afirmaba: una raza tonta y superficial. Satán dijo que su tío recibía muchas visitas y que si hubiese una mujer inteligente presidiendo las celebraciones, el atractivo del lugar se multiplicaría por dos.


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