Juana de Arco
Juana de Arco —Tened paciencia, que ahora llegaremos a eso. Entonces lo comprenderéis todo —me tranquilizó Juana.
—Pero yo necesito saber qué era esa maravillosa luz que vi.
—Ahora os lo diré —continuó Juana—, no os preocupéis, que no corréis ningún peligro. Aquello era el resplandor de un arcángel… Miguel, jefe y señor de los ejércitos celestiales.
Al escuchar sus palabras no se me ocurrió nada más que santiguarme y echarme a temblar por haber profanado con mis pies aquel lugar santo.
—¿Y no le tenÃais miedo, Juana? ¿Visteis su rostro? ¿Cómo era?
—No le tenÃa miedo, porque no ha sido ésta la primera vez que lo he visto. Al principio sà lo tuve.
—¿Y cuándo fue eso, Juana?
—Ahora hace casi tres años.
—¿Tanto tiempo? ¿Y lo habéis visto muchas veces?
—SÃ, muchas.
—Pues entonces ha sido esto lo que os ha cambiado. Por eso os encontrábamos pensativa y distinta a como erais antes. Ahora lo comprendo. Y ¿por qué no nos lo habéis dicho?