Juana de Arco
Juana de Arco —Por fin, hoy, lo he comprendido todo. Dios ha elegido a la más indigna de sus criaturas para realizar esta labor. Siguiendo su voluntad, con su protección y su fuerza, no con la mÃa, he de conducir los ejércitos y rescatar a Francia y restablecer la corona sobre las sienes de su siervo, que ahora es el DelfÃn y después será el Rey de Francia.
Yo me quedé asombrado, y pregunté:
—¿Cómo es posible, Juana? ¿Vos, una niña, conduciendo ejércitos?
—SÃ, yo. Por algún tiempo, esta idea me desanimó. Es cierto lo que decÃs… no soy más que una niña, una niña ignorante… desconozco todo lo que se refiere a la guerra, incapaz de soportar la rudeza de los campamentos y la convivencia con los soldados. Sin embargo, han pasado los momentos de indecisión y debilidad, que no volverán nunca. Ya estoy decidida y no voy a retroceder en mi propósito, con la ayuda de Dios, hasta que la garra inglesa no haya soltado la garganta de Francia. Mis Voces no me han mentido jamás, y tampoco mienten hoy. Me dicen que he de acudir ante Roberto de Baudricourt, el Gobernador de Vaucouleurs, que me proporcionará soldados que me darán escolta hasta llegar a la presencia del Rey. AsÃ, dentro de un año a contar de hoy mismo, asestaremos un golpe que marcará el principio del fin, que no tardará en producirse, después, con gran rapidez.