Juana de Arco

Juana de Arco

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Con esta opinión mayoritaria, se dio por finalizada la discusión. Durante unos momentos reinó el silencio. Los hombres parecían sumergirse en sus propios pensamientos, ajenos al lugar donde se encontraban. En contraste con la animación anterior, la repentina y densa quietud resultaba de solemnidad imponente. Entonces, apareció un criado, que murmuró algunas palabras al oído del gobernador, que dijo:

—¿Cómo, hablar conmigo?

—Sí, Excelencia.

—¡Hum…! ¡Es una ocurrencia extraña, en verdad! Bien, hacedlos entrar.

Al instante, aparecieron Juana y su tío Laxart.

Al ver reunida a tanta gente, el pobre y anciano campesino se acobardó, deteniéndose a mitad de camino y no fue capaz de dar un paso más, permaneciendo allí, con su sombrero rojo apretado entre las manos, al tiempo que se inclinaba modestamente en todas direcciones, paralizado por la turbación y el temor.

Pero Juana avanzó con paso firme, la figura erguida y dueña de sí misma, se plantó ante el gobernador. Por entonces, ya me había reconocido, aunque no dio la menor señal de advertencia. Se produjo un murmullo de admiración, al que contribuyó el propio gobernador, ya que le oí musitar: «¡Por Dios que es una preciosa criatura!». La observó con mirada crítica y, a continuación, habló:


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