Juana de Arco

Juana de Arco

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—Mi tío es muy bueno conmigo —afirmó Juana con sencillez—, Le mandé a buscar para que convenciera a mi madre de que me permitiera ir con él para cuidar de su esposa, que se encuentra enferma. Todo se ha arreglado y saldremos mañana al amanecer. Desde su casa marcharé enseguida a Vauculeurs, donde aguardaré y haré gestiones, hasta que se atienda mi petición de ver al Delfín. ¿Y quiénes eran los dos caballeros que estaban sentados en la mesa del gobernador, a vuestra izquierda, el día que me presenté ante él solicitando escolta para visitar al Delfín?

—Uno era el caballero Juan de Novelonpont —contesté—, y el otro, el caballero Bertrand de Poulengy.

—Buen temple, los dos parecían hombres nobles. Me fijé en ellos, porque podrían figurar entre los nuestros. Pero ¿qué es lo que veo en vuestra cara? ¿Acaso dudáis?

La franqueza de Juana me estaba enseñando a decir siempre la verdad, sin alteraciones ni disimulos, de modo que le contesté:

—Los dos pensaron que os faltaba el juicio, y así lo expresaron. La verdad es que se compadecieron de vos por sufrir tal desgracia, pero creyeron que estabais loca.

Mis palabras no parecieron afectarla ni causarle el menor daño. Y lo único que respondió fue:


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