Juana de Arco
Juana de Arco —¿Aviso también a Haumette?
Juana quedó abatida y rompió en llanto, al mismo tiempo que decía:
—¡No, por favor, no…! Le tengo tanto cariño… no podría resistir verla, sabiendo que ya nunca volveré a contemplar su rostro de nuevo…
A la mañana siguiente, llevé a Mengette junto a Juana, y los cuatro, con Laxart y yo, hicimos un trecho del camino, hasta que el pueblo se perdió de vista en la distancia. Entonces, las dos muchachas se despidieron con abrazos cariñosos y abundantes lágrimas, despertando una profunda pena en los que contemplábamos el episodio. Juana se quedó mirando largo rato el pueblo distante, recordando el Árbol de las Hadas, el bosque de robles, la florida llanura y el río, como si deseara grabar en su memoria todo aquello, de modo que lo recordara para siempre y no desapareciera nunca, puesto que ella sabía que no lo iba a volver a ver en esta vida. Después, se volvió bruscamente, y se alejó de nosotros al mismo tiempo que sollozaba con amargura. Era su cumpleaños y el mío. Ella tenía 17 años.