Juana de Arco
Juana de Arco En el transcurso de ese día 23, la joven observaba con impaciencia los nuevos grupos de forasteros que venían a visitarla, y no descubría a sus padres entre ellos. Fueron pasando las horas, y no aparecieron. Aun así, no desesperaba, y seguía aguardando pacientemente. Cuando, finalmente, llegó la noche, perdió las esperanzas de ver a sus padres y gruesas lágrimas brotaron de sus ojos. Pese a todo, consiguió rehacerse y se consoló, diciendo:
—Seguramente, había de ser así. Es la voluntad del Cielo. Debo aceptarla y lo haré.
El señor de Metz, para aliviar su pena, le dijo:
—Pero el gobernador todavía no ha enviado noticias, puede ser que lleguemos a mañana sin…
Juana le interrumpió su frase:
—No os preocupéis. Iniciaremos nuestro viaje a las once de esta noche.
Y así fue. A las diez apareció el gobernador rodeado por su guardia y los portadores de antorchas. Allí mismo les hizo entrega de la escolta de hombres armados, además de caballos y equipos de campaña para los hermanos de Juana y para mí, y a ella le confió una carta suya de presentación al Rey. Después tomó una espada y la ciñó a la cintura de la joven con sus propias manos, diciendo: