Juana de Arco
Juana de Arco Los soldados veteranos se intercalaron con los novatos y se les dieron instrucciones para que les ayudaran a mantenerse en la silla, o los mataran si intentaban desertar. Los pobres diablos permanecieron en silencio todo el tiempo que les fue posible, pero las molestias se agudizaron a tal punto, que se pusieron a quejarse a voz en grito. Para entonces ya nos encontrábamos en territorio enemigo, de modo que era imposible que nos detuviéramos a ayudarles. Era necesario proseguir la marcha, aunque Juana, compadecida de su sufrimiento, les dijo que si preferían correr el riesgo, podían abandonar la columna. Lo cierto es que decidieron continuar con nosotros. Aminoramos el ritmo y nos movimos con mayor lentitud y cautela, advirtiendo a los hombres que se guardaran sus quejas dentro, y no pusieran en peligro la misión con tantos gritos y lamentos.