Juana de Arco
Juana de Arco Al amanecer, cabalgamos en dirección a un espeso bosque, donde nos refugiamos para dormir, cosa que hicimos en pocos segundos, exceptuando a los centinelas. A pesar del suelo frío y del helado aire no me desperté hasta el mediodía. Salí de un sueño tan profundo y opresivo, que al principio, con los sentidos embotados, no recordaba dónde me encontraba ni qué me había sucedido. Poco a poco, mi mente se fue aclarando y lo recordé todo. Mientras permanecía tumbado, reflexionando en torno a los extraños sucesos de los últimos meses, me sorprendí al comprobar que una de las profecías de Juana no se había cumplido. En efecto, ¿dónde estaban nuestros amigos Noel y Paladín, que según predijo deberían haberse unido a nosotros «a la hora once»? Y es que, para entonces, ¿sabéis?, ya me había acostumbrado a que todas las afirmaciones de Juana fueran verdad.
Así pues, un poco molesto y confuso por estos pensamientos, abrí los ojos. Bueno, pues allí pude ver a Paladín ¡reclinado contra un árbol y mirándome fijamente! La verdad es que, con cierta frecuencia, suele ocurrir que al pensar en una persona o referirnos a ella, aparece ante la vista, aunque no podamos imaginar que estuviera tan cerca.