Juana de Arco

Juana de Arco

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Pues allí se encontraba el Paladín, observando cómo dormía y a la espera de que me despertara. Me alegró mucho verle, y me lancé hacia él, apretando su mano, al mismo tiempo que nos alejamos unos pasos. Al comprobar que renqueaba como un lisiado, le ayudé a sentarse y le pregunté:

—Bueno, ¿de dónde has salido? ¿Cómo has venido a parar aquí? ¿Qué haces vestido de soldado? Cuéntamelo todo.

Sin hacerse rogar, me contestó:

—He caminado con vosotros desde la noche pasada.

¡Cómo! —exclamé yo, mientras pensaba: «la profecía de Juana no ha fallado. Al menos, ya se ha cumplido la mitad de ella».

—Pues sí, lo hice. Abandoné a toda prisa Domrémy con la idea de unirme a vosotros y por poco llego tarde. En realidad, llegué tarde, pero le insistí de tal modo al gobernador, que éste, conmovido por mi valor y mi entusiasmo en favor de la causa de mi país —al menos esas fueron sus palabras— cedió y me autorizó a venir.

En mi interior, pensé: «todo esto es falso. Paladín es uno de los seis campesinos reclutados a la fuerza y a última hora. Estoy seguro, porque la profecía de Juana anunciaba que se nos uniría “en la hora once”, pero no por su propia voluntad». Después, y en voz alta, le dije:


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