Juana de Arco

Juana de Arco

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Reemprendida la marcha, caminamos tres noches a razón de trece o catorce leguas cada una, cabalgando en paz y sin dificultades, quizá porque nos tomaban por una cuadrilla de forajidos a los que se conocían como los «Compañeros Libres». La gente de la región se alegraba de que tales individuos pasaran de largo sin detenerse. Pese a todo, las etapas resultaban agotadoras e incómodas. Apenas existían puentes útiles para vadear los abundantes ríos que era necesario atravesar. Las aguas estaban heladas y luego teníamos que acostarnos con la ropa empapada, en un suelo cubierto de nieve y sin disponer del calor de las hogueras, que procurábamos no encender con el fin de no ser localizados.

Así, iban mermando nuestras energías con aquellas jornadas de una dureza mortal, salvo el caso de Juana, cuyo paso conservaba toda su elasticidad y firmeza, lo mismo que sus ojos, animados por el vivo fulgor de siempre. Lo único que podíamos hacer era admirarnos por su resistencia, pero no le encontrábamos explicación.






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