Juana de Arco

Juana de Arco

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En ese momento comprendí la maniobra y me alegré de su habilidad para inventar aquel ardid y mantener la cabeza fría en semejante encerrona. El oficial replicó:

—Hacedlo, capitán, y gracias. Si lo hacéis vos, quedará bien terminado el trabajo. Podría mandar a otro en vuestro lugar, pero no a otro que fuera mejor.

Luego saludó y nosotros continuamos hacia delante. Sólo entonces respiré a gusto. Varias veces me pareció escuchar el ruido de los caballos del verdadero capitán Raymond que nos perseguían, como consecuencia de la gran tensión soportada mientras duró la conversación anterior. Me fui tranquilizando, pero aún me temblaban las piernas, porque Juana se limitó a ordenar «Adelante», simplemente, lo cual indicaba que sólo podíamos cabalgar al paso. Al paso y peligrosamente, junto a una larga y borrosa columna de soldados enemigos que se encontraban a nuestro lado. El momento fue terrible, aunque, gracias a Dios, duró muy poco, pues cuando las trompetas enemigas dieron el toque de «¡Desmontar!» Juana ordenó marchar al trote, lo cual me supuso un gran alivio.



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