Juana de Arco
Juana de Arco La Doncella lograba mantener siempre el dominio de sà misma, sin la menor vacilación. De haber emprendido el camino velozmente quizá hubiéramos despertado sospechas. A alguien se le pudo ocurrir pedirnos el santo y seña. Al ir despacio, en dirección al lugar asignado para nuestra acampada, nos dejaron paso libre, sin mayor inconveniente. Cuanto más avanzábamos, nos dábamos cuenta del poderÃo enemigo. Quizá no fueran más que un centenar o doscientos soldados, pero a mà me parecieron un millar. Una vez sobrepasamos al último de la columna, di gracias a Dios, y a medida que nos alejábamos de ellos y nos internábamos en la oscuridad protectora, mejor me sentÃa. Durante una hora me fui serenando cada vez más, hasta que alcanzamos el puente, aún intacto, momento en el que ya estaba completamente tranquilo. Lo cruzamos y después procedimos a destruirlo. Entonces experimenté… algo imposible de describir con palabras… Hay que sentirlo para darse cuenta de lo que supone un momento asÃ.