Juana de Arco
Juana de Arco Aterrorizados, esperábamos oÃr a nuestras espaldas el galope de las fuerzas perseguidoras, pues nos temÃamos que el auténtico capitán Raymond llegarÃa a su campamento y confirmarÃa la sospecha de que, tal vez, la columna confundida con la suya, fuera la de la Doncella de Vaucouleurs. Pero conforme pasaba el tiempo, comprendimos que la tardanza resultaba ya excesiva y reconfortante, pues al reemprender la marcha una vez atravesado el rÃo, al otro lado no se percibÃa otro ruido que el fragor de la tormenta.
Se me ocurrió decir que Juana habÃa recibido un buen número de alabanzas destinadas al capitán Raymond, pero que, al contrario, el verdadero capitán no iba a recoger a cambio más que una rociada de insultos, que le arrojarÃa a la cara su comandante, fuera de sà al comprender lo que habÃa sucedido.
Juana me dio la razón:
—Seguramente ocurrirá asÃ, no hay duda. El comandante, al vernos, estaba seguro que éramos de los suyos, por eso nos dejó pasar y no solicitó la contraseña. Si no llego a sugerirle la necesidad de destruir el puente, no nos habrÃa encargado esa tarea, sino que hubiera ordenado instalar el campamento sin más dilación. Ha cometido varios errores, y nadie está mejor dispuesto a reprochar culpas ajenas que el fracasado a causa de sus propias torpezas.