Juana de Arco
Juana de Arco —SÃ, ahora me doy cuenta —respondió Juana pesarosa—, pero tampoco dije una mentira. Cierto que ya probé antes otros recursos sin éxito. No encontraba el medio de marcharme de casa, y ¡tenÃa que hacerlo! Mi misión lo exigÃa. Supongo que obré mal y se me puede echar en cara.
La sutilidad de matices de su argumento se nos escapaba. Si la hubiéramos conocido mejor entonces como unos meses después, habrÃamos comprendido el significado de sus palabras. Pero nunca alterarÃa la verdad para salvar su vida, ni en beneficio propio. Al contrario, siguiendo nuestra particular moral de guerra, nosotros no vacilarÃamos en mentir o engañar siempre que fuera necesario para comprar la tranquilidad, la vida o conseguir ventaja en la lucha, por pequeña que resultara. Esa diferencia de motivación entre sus principios y los nuestros, no la valorábamos en aquel momento. Después, cuando todo pasó, nos dimos cuenta de que ella obedecÃa a algo superior, que la elevaba por encima de nuestros afanes humanos y la hacÃa más noble y más bella.