Juana de Arco
Juana de Arco Más tarde, el viento se calmó, el granizo cesó y el frÃo fue suavizando su intensidad. Pero el camino se habÃa convertido en un pantano y los caballos avanzaban muy despacio y con gran esfuerzo. Ya no podÃan más. Conforme pasaba el tiempo, la jornada se hacÃa más pesada, hasta el punto de que, agotados, acabamos por quedar dormidos en nuestra cabalgadura. Ni siquiera la presencia real del peligro a nuestro alrededor, en amenaza constante, logró mantenernos despiertos.
Aquella décima noche nos estaba resultando más larga que ninguna otra de las anteriores. Desde luego, sà era la de mayor dureza, puesto que acusábamos la acumulación de cansancio desde el principio y lo notábamos ahora como en ningún momento antes. Sin embargo, no tuvimos enemigos a la vista, ni nadie nos salió al paso. Al amanecer, delante de nosotros apareció un rÃo que sabÃamos era el Loira. AsÃ, entramos en la ciudad de Gien, con la alegrÃa de haber alcanzado tierra propia, dejando atrás la del enemigo. Aquella fue para nosotros una mañana alegre.