Juana de Arco
Juana de Arco La joven acompañó al Rey durante la misa del día siguiente y después comió con el Rey y el duque. El Rey se iba acostumbrando a valorar su compañía y apreciar su consejo, lo cual podía resultar beneficioso para todos. Como ocurre con todos los reyes, el Delfín sólo obtenía de sus contactos con los que le rodeaban opiniones cautelosas, sin relieve ni autenticidad, dispuestos a plegarse a lo que el Rey dijera. Esta clase de conversaciones le irritaba hasta aburrirle, pero cuando hablaba con Juana la entrevista resulta sincera y libre, honrada y directa, desprovista de la menor reserva y coacción. Expresaba su pensamiento, y lo hacía lisa y llanamente. No es difícil suponer que para el Rey las charlas con Juana debieron ser como el agua fresca de las montañas para los labios resecos, acostumbrados al agua cenagosa y cálida por el sol de los páramos.