Juana de Arco

Juana de Arco

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Después de comer, Juana realizó ante el Rey y el duque unos ejercicios a caballo y de manejo de lanza en los prados cercanos al castillo de Chinon. El duque, encantado con la gracia y habilidad de la joven, le hizo el presente de un hermoso corcel de guerra, negro. Todos los días la comisión de los obispos acudía a interrogar a Juana y después entregaban su informe al Rey. Los careos servían de poco. Ella les decía lo que le interesaba y callaba el resto. Ninguna amenaza o truco lograba variar su conducta. Sabía que a los obispos, delegados por el Rey, era necesario decirles la verdad, porque, según ley, las preguntas hechas en nombre del Rey debían responderse. Sin embargo, ella misma le confesó al Rey, comiendo con él, que en los interrogatorios sólo respondía las preguntas que a ella le convenían.

Los obispos llegaron a la conclusión de que no estaban en condiciones de asegurar si Juana era una enviada de Dios o no. Se decidieron por la cautela. Había en la corte dos grupos enfrentados y poderosos. Cualquier decisión, en uno u otro sentido, despertaría enemistades en el sector perjudicado. Así que prefirieron esconder la cabeza bajo el ala y echar la carga sobre otros hombros. Así lo hicieron.



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