Juana de Arco

Juana de Arco

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De modo que nos trasladamos a Poitiers y tuvimos que aguantar tres días de aburrida espera, mientras la pobre muchacha soportaba interrogatorios continuos y molestas comparecencias ante un tribunal de… ¿sabéis de qué? ¿Eran militares experimentados? —que hubiera sido lógico, ya que Juana solicitaba un ejército para conducirlo a combatir a los enemigos de Francia—. ¡Pues no! Aquello era un alto tribunal formado por sacerdotes y monjes, hábiles casuistas bien preparados, famosos profesores de teología. En lugar de elegir una comisión militar que dictaminara sobre las posibilidades de victoria de los planes de aquel valeroso soldadito, se buscaron un grupo de malhumorados clérigos para averiguar si el soldado era piadoso de verdad y no presentaba fallos doctrinales. Los roedores asolaban la casa, pero en lugar de pasar revista por si las garras y dientes del gato resultaban fuertes, sólo se preocupaban en saber si aquel era un gato sagrado. Si el gato se mostraba piadoso y doctrinalmente recto, la cosa iría bien. Sus restantes cualidades no importaban nada.

Por lo demás, Juana se mantenía tan dulce, serena y dueña de sí misma ante el tribunal solemne e imponente, como si no estuviera sometida a juicio. Allí sentada en el banquillo, solitaria, desconcertaba la ciencia de los sabios con una ignorancia sublime que le servía de protección como una fortaleza.


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