Juana de Arco
Juana de Arco Se retiró malhumorado, lanzando maldiciones que hicieron reír a Juana tan alegremente como cuando jugábamos en los prados de Domrémy. Sin embargo, ratificó estas órdenes, ante las cuales el veterano soldado hubo de ceder y llevarlas a la práctica del mejor modo posible. Arengó a sus hombres con una sarta de juramentos aterradora, anunciando que si alguien se negaba a renunciar al pecado y llevar una vida piadosa, le arrancaría la cabeza a trompazos. Al escucharla, Juana se echó a reír otra vez. La verdad es que se divertía con el carácter de La Hire, pero no permitió este modo de lograr conversiones. Anunció que el cambio personal debía ser algo voluntario. La Hire replicó que le parecía bien esa noble actitud, pero que no mataría a golpes a los voluntarios, sino a los recalcitrantes. Pero tampoco, Juana se negó a maltratar a nadie: las conversiones se realizarían en completa libertad.
La Hire suspiró, aceptando las órdenes. Así, pues, anunciaría la necesidad de asistir a misa, pero dudaba de que, libremente, hubiera un solo hombre en el campamento con más probabilidades de acudir al acto que las de él mismo: es decir, ningunas.
—¡Pero, amigo mío —añadió Juana— es que VOS IRÉIS A MISA!
—¿Yo? ¡Vamos… imposible, eso es una locura!
—Nada de eso. No lo es. Vos asistiréis al oficio dos veces al día.