Juana de Arco

Juana de Arco

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—¿Y cuál es esa actitud habitual?

—La prudencia —confirmé yo, viendo mi oportunidad de intervenir.

No debí decirlo. Fue un triunfo ofrecido en bandeja al Paladín. La razón es muy sencilla. Esa misma noche, al pasar junto a las fortalezas enemigas con paso lento y sigiloso, observados por los soldados ingleses, bruscamente restalló el rebuzno de un borrico en el silencio de la madrugada. En ese momento, pasaba yo ante la boca de un cañón gigantesco, apuntado hacia mí. Mi caballo dio un respingo y caí de la silla. El caballero Bertrand me detuvo casi en el aire, lo que fue gran suerte, pues si llego a caer al suelo, con armadura como iba, no habría conseguido montar de nuevo yo solo. Los soldados ingleses de las almenas se rieron estruendosamente al ver mis apuros, olvidando que a cualquiera puede ocurrirle una desgracia como ésa.

El episodio estaba demasiado reciente como para que lo desaprovechara el Paladín en mi contra. Y así lo hizo, al contestar a mi inoportuno sarcasmo sobre su «prudencia»:

—Probablemente no sois vos el más autorizado a criticar la prudencia de los demás, vos que os caéis del caballo cuando rebuzna un asno.

Todos rieron la observación y yo me arrepentí de mi anterior agudeza. No obstante, contesté:


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