Juana de Arco
Juana de Arco —No es cierto que me cayera por el rebuzno de un burro. Fue la emoción, nada más que la emoción del momento.
—Está bien —continuó el PaladÃn, implacable—. Si vos lo queréis llamar asÃ, no me voy a oponer. Pero ¿cómo lo consideráis vos, sir Bertrand?
—Bien… pues sea como fuere, lo ocurrido es comprensible… creo. Todos vosotros ya habéis aprendido cómo luchar en combates cuerpo a cuerpo, y lo hacéis muy valerosamente. Pero caminar al paso ante la muerte, con las manos desarmadas y sin ruido, sin la música y sin pelear, es una situación muy difÃcil y penosa. Si yo estuviera en vuestro caso, De Conte, llamarÃa a esa emoción por su verdadero nombre. No tenéis por qué avergonzaros.
Fue el razonamiento más honesto y sensato que nunca oÃ. Me sentà tan agradecido ante aquella salida, que la aproveché sin dudarlo. Asà que reconocÃ:
—Seguramente era miedo. Os agradezco vuestra sugerencia. Es cierta.
El señor De Boucher, en su papel de anfitrión, intervino:
—Creo que ha sido el camino más recto y adecuado. Habéis hecho bien, muchacho.