Juana de Arco

Juana de Arco

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Sus palabras me consolaron. Pero más todavía cuando la gentil Catalina añadió: «Así pienso yo también». En ese momento me consideré afortunado con aquel incidente.

El señor de Metz continuó:

—Cuando el borrico rebuznó, al pasar todo el ejército en masa, lo raro hubiera sido que ningún joven soldado provocara alguna situación emocional de este tipo. Todos teníamos el mismo sentimiento…

El caballero giró la vista a su alrededor, con amable expresión interrogativa en su rostro, de modo que cada par de ojos, al encontrarse con los suyos, se movían afirmativamente, en muda confesión. Hasta el mismo Paladín asintió. El gesto sorprendió a los presentes y dejó a salvo el crédito del abanderado. Fue hábil de su parte. Nadie confiaba en que sería capaz de reconocer una verdad como aquélla, así, sin previo aviso. Yo supongo que lo hizo para no quedar mal ante la familia Boucher. Tras una pausa, el viejo tesorero del Duque de Orleáns dijo:

—La verdad es que, atravesar ante las fortalezas inglesas en aquellas circunstancias, exige el mismo temple necesario a la persona que se enfrenta a los fantasmas en la oscuridad. ¿Qué decís a esto, Abanderado?

—Pues no sé mucho sobre eso —respondió Paladín—. Siempre he pensado que me gustaría ver un fantasma, si…


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