Juana de Arco

Juana de Arco

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Y eso fue todo. A continuación, los Boucher nos dejaron a solas. Cuando sus pasos se perdieron entre las sombras de los corredores, un silencio misterioso y solemne, más terrible que la marcha nocturna ante las bastillas inglesas, se apoderó de aquel tétrico lugar. Nos quedamos sentados, mirándonos unos a otros como tontos, comprobando que nadie se sentía tranquilo. A medida que pasaba el tiempo, más insoportable se nos hacía la atmósfera. De repente, empezamos a oír el aullido del viento alrededor de la casa, y yo me estaba poniendo enfermo por momentos. Lamenté no haberme mostrado cobarde por esta vez, puesto que no hay nada vergonzoso en reconocer el miedo a los fantasmas, teniendo en cuenta la debilidad de los vivos frente a ellos, dotados de fuerzas superiores. Y, para aumentar el peligro, aquellos fantasmas eran invisibles y hasta podría ocurrir que en esos momentos estuvieran allí mismo, junto a nosotros… ¿quién sabe? Por un instante creí percibir suaves roces en la cabeza y hombros, lo cual provocó en mí manifiestas expresiones de pavor, que no me avergonzaron, toda vez que los demás daban al aire las mismas sacudidas nerviosas, aterrados ante los misteriosos contactos. Como los roces continuaban —mientras el tiempo transcurría con espantosa lentitud—, nuestras caras —sin excepción— mostraban color cera, con lo cual me pareció asistir a un concilio de muertos. En esos momentos, se oyeron, lejanas y con exasperante lentitud, las campanadas de las doce de la noche. Al morir la última, el silencio se hizo de nuevo más opresivo, y las caras de los presentes aumentaron la intensidad cerúlea del color amarillento. Los contactos aéreos continuaban sobre la cabeza y los hombros… Así estuvimos unos interminables minutos, hasta que escuchamos un prolongado y sordo lamento, que nos hizo dar un salto y ponemos de pie, sintiendo temblar las rodillas. Los ruidos surgían del lugar donde, supuestamente, se construyó el calabozo incomunicado. Tras una pausa, oímos sollozos entrecortados con gemidos lastimeros. Luego se distinguió una voz incomprensible y ronca, que parecía consolar a la anterior, y así continuaron las dos voces, entre gemidos y suaves lamentos. Y… ¡horror!, sus tonos aparecían impregnados de compasión, pena y desesperación… Nuestros corazones se llenaban de congoja al oír aquello… Sin embargo, todos los sonidos nos parecieron tan reales que no creimos en su origen fantasmal. El caballero Juan de Metz tomó una decisión:


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