Juana de Arco
Juana de Arco Pero Juana, sin dejarse convencer, aclaró:
—No servirÃa de nada, querida Catalina. El hecho se producirá mañana. Si rehúyo mi destino, me saldrá al paso. Mi deber es acudir a mi puesto de servicio mañana. IrÃa aunque me aguardase allà la muerte, conque ¿por una herida? De ninguna forma. Hemos de procurar portarnos lo mejor posible.
—Entonces, ¿estáis decidida a salir a pelear?
—Desde luego que sÃ. Lo mejor que puedo hacer por Francia es alentar a los soldados a combatir y alcanzar la victoria… Aunque tampoco intento ser una insensata y no lo seré. Os voy a hacer caso. Pero antes, respondedme, ¿amáis a Francia?
Me pregunté a dónde querÃa ir a parar, pero no hallé la respuesta. Catalina le contestó, como dolida:
—¡Ah!, ¿qué habré hecho yo para merecer esta pregunta?
—Entonces —continuó Juana— ya veo que amáis a Francia. No lo he puesto en duda, Catalina, no os ofendáis, pero decidme, ¿habéis hablado con mentira alguna vez?
—En toda mi vida no he dicho intencionadamente una mentira. He gastado bromas, pero ninguna mentira en serio.
—Con eso basta. Amáis a Francia y no mentÃs. ConfÃo en vos. De modo que, según vuestra decisión, os dejaré elegir entre ir a combatir o quedarme en casa.