Juana de Arco
Juana de Arco Aquellas palabras fueron un error del sacerdote, porque desencadenaron en Juana un nuevo y mayor enfado. Lágrimas de indignación brotaron de sus ojos y con inusitada energía defendió ante el padre Fronte a las pobres hadas que, según opinaba la niña, eran criaturas de Dios, que les había permitido habitar en los bosques y bailar alegremente durante siglos, sin ver en ello ningún mal. Al contrario, fueron los hombres los que las expulsaron de su hogar, sin tener derecho a ello.
Según el discurso de Juana, las hadas se mostraban siempre amables con los niños y ellos las querían. Y ¿qué habían hecho los niños de malo para sufrir un golpe tan cruel? Al fin y al cabo, si las hadas no eran muy buenas, merecían por eso más compasión y ternura de los seres humanos, y especialmente de los cristianos, que sentían piedad también del demonio, por lo terrible de su castigo. Hasta las hadas tenían derechos.
Mientras hablaba, Juana se interrumpía con sollozos, hasta que no pudiendo más, desapareció antes de que el padre Fronte y yo —que asistía a la escena— pudiésemos recobrarnos de aquel torbellino de palabras.
El padre se había levantado y ahora se pasaba la mano por la frente, como una persona turbada y confusa. Luego, se volvió y caminó hacia la puerta de su pequeña habitación de trabajo, y al atravesar el dintel, le oí murmurar, apesadumbrado: