Juana de Arco
Juana de Arco Las buenas noticias —como las malas— circulan muy deprisa. Cuando nos disponÃamos a regresar a casa, observamos que la ciudad de Orleáns se habÃa convertido en una llamarada de hogueras. Los cielos se teñÃan de rojo, y el ronquido de los cañones y el repicar de campanas formaban un estruendo hasta entonces desconocido por los ciudadanos de Orleáns.
Al entrar en la ciudad, nos encontramos sumergidos en un torbellino de emociones. Las gentes derramaban tal cantidad de lágrimas, que eran suficientes como para hacer desbordar el rÃo. No se veÃa una sola cara, iluminada por las hogueras, que no estuviera surcada por lágrimas. Y si los pies de Juana no hubieran estado protegidos por la armadura, se los habrÃan desgastado a besos entusiastas. ¡Bienvenida, bienvenida sea la Doncella de Orleáns! ¡Bienvenida sea Nuestra Doncella!…